AUTOR: Andrés López
COMENTARIO: A simple vista, La Gomera parece tan sólo una cúpula de terciopelo. Desde el barco, es imposible imaginar el verdadero tesoro que alberga. Las neblinas la rodean como un anillo y esconden sus cumbres. Sin embargo, la isla descubre pronto su verdadero carácter: profundos barrancos y potentes acantilados de basalto que recuerdan tiempos remotos.
Resulta imposible no sucumbir ante la rara belleza de Garajonay, una espléndida porción de naturaleza intacta. La humedad abrillanta los helechos y los brezos gigantes, mientras los laureles centenarios están tapizados de líquenes y musgos. Laureles y acebiños se agolpan en masa en los linderos del bosque, los viñátigos en los barrancos y fondos de los valles, mientras las peñas acogen a los barbusanos.
Los tortuosos troncos que se entrelazan en ramajes repletos de líquenes, junto con el suelo tapizado de oscuro musgo, siempre húmedo, dan un toque fantasmagórico al bosque. Merece la pena empaparse de toda la magia del bosque de La Gomera.
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